HOMILÍA EN EL INICIO DEL MINISTERIO EPISCOPAL DE MONS. SEBASTIÀ TALTAVULL


25 de noviembre de 2017. 16:15h.

En la Catedral de Mallorca.
No es este un momento de exposición de programas pastorales ni de iniciativas que podrían ser muy loables y estimulantes. Aunque ya lo tengamos pensado y en las conversaciones haya recibido muchas sugerencias, esto deberá venir con el respiro de cada día y contando con la buena voluntad, la disponibilidad de cada uno, con la estima y la aportación corresponsable de todos desde su propio carisma, siempre "unidos en Cristo y formando un solo cuerpo y sintiéndonos miembros unos de otros", como nos acaba de decir Pablo dirigiéndose a los Romanos. Este deseo de comunión plena que nos acerca, ir al encuentro de Jesús y en lo esencial del Evangelio debe ser un distintivo que nos identifique en medio de nuestro pueblo y lo anime a creer. Lo digo después de más de un año de Administración Apostólica, tiempo en el que hemos trabajado juntos y nos hemos conocido más, afrontando los retos que se nos han presentado y haciendo el esfuerzo de vivir la comunión, crear cercanía y diálogo entre unos y otros, tanto entre las personas y entre los organismos eclesiales como en la sociedad en general con sus instituciones ciudadanas y mediáticas. Doy gracias a Dios y también a vosotros por vuestra cooperación y el trabajo bien hecho en bien de la Iglesia.

A pesar de la diversidad de procedencia, de manera de ser y de pensamiento que nos identifica a cada uno, somos ante todo una comunidad creyente y orante, somos la Iglesia de Jesús. Por eso hemos venido y estamos reunidos aquí, en esta hermosa Catedral de Mallorca. Vaya para todos vosotros mi saludo llena de afecto a todos vosotros, los diocesanos presentes y a los que lo seguís por radio, televisión, internet y otras vías de comunicación. Saludo muy especialmente a los que por razón de enfermedad, edad o cualquier otro impedimento os habéis quedado en casa, en hospitales, residencias, en la cárcel, o los que, aunque no os sintáis de la Iglesia católica, os interesáis por todo lo que hacemos y que en tantas cosas trabajamos juntos en bien de las personas y de nuestro pueblo, velando siempre por su dignidad. Quiero acoger a todo el mundo con todo el amor del que soy capaz y ponerme a su servicio, tal y como Jesús nos lo pide.

Y, a todos vosotros, presentes en la Catedral, Iglesia Madre de las iglesias de Mallorca, donde hemos sido convocados para dar gracias a Dios y poner bajo su guía y la intercesión de la Virgen de Lluc el inicio de mi ministerio pastoral entre vosotros, por el don de la fe y por los vínculos de caridad y de solidaridad que nos unen, y que son tantos, y nos animan a tener muchas razones para colaborar juntos, con las instituciones públicas —a quien agradezco de todo corazón vuestra presencia— es un signo que quiero destacar por la valoración que hacéis de la presencia cristiana en medio de la sociedad y de la voluntad de un trabajo edificante en bien de nuestros conciudadanos, siempre con especial atención por los más pobres y necesitados de todo, hacia los que tenemos que tener una especial sensibilidad y predilección.

Y a todos vosotros, mis hermanos Obispos, entre ellos los Cardenales y el Nuncio Apostólico, quien junto con todos los sacerdotes y diáconos de Mallorca, Barcelona, Menorca, Ibiza y Formentera, y otros lugares de España, juntos con todos los hermanos y hermanas de Vida consagrada, y los laicos, fieles de estos lugares, habéis hecho el esfuerzo de desplazaros a esta isla, junto con mi madre, mis hermanos y familiares, para estar juntos, escuchar lo que Dios hoy nos dice y celebrar juntos la Eucaristía. Pongo el inicio mi ministerio episcopal entre vosotros y al servicio de nuestra sociedad. Es a ella a quien tenemos que anunciar y ofrecer la persona de Jesús, los valores del Evangelio y la humilde experiencia de fraternidad, desde una Iglesia que quiere ser colaboradora con todos, y entre ellos, los hermanos de otras confesiones cristianas y de las otras religiones, a los representantes de las cuales también les saludo y agradezco hoy especialmente su presencia.

Permitidme, pues, por fidelidad, que me fije en la Palabra que el Señor nos ha dirigido y que todos hemos escuchado. Perdonad, si hoy primero me lo aplique a mí, en primera persona. «Es indispensable —dice el Papa Francesc— que el predicador tenga la seguridad de que Dios lo ama, que Jesucristo lo ha salvado, que su amor tiene siempre la última palabra» (EG 151). Más aún, añade que «el que quiera predicar, primero debe estar dispuesto a dejarse conmover por la Palabra y hacerla carne en su existencia concreta» (EG 150).

Quiero que sea así y lo sea para todos los que tenemos la misión de predicar la Palabra de Dios y ser coherentes con lo que predicamos, que es lo que, con un oído en la Palabra y otro en la vida del pueblo, humildemente debemos comunicar. Así, poco a poco, la debilidad se vuelve fortaleza, hasta vivirla y agradecerla como don del Espíritu Santo. Por eso, hoy, al inicio de esta nueva etapa de mi servicio pastoral entre vosotros, quiero escuchar a Jesús, él que hoy me hace una pregunta muy directa y persona. Me ha dicho «¿Me amas?». Responder me da respeto cuando sé muy bien, por una parte, la distancia que hay entre la exigencia radical y oblativa de su pregunta, que pide un amor total e incondicional, y, por otro, la debilidad de mi respuesta.

Pero a Jesús no lo he escuchado yo solo, lo he escuchado con vosotros y para vosotros. Intuyo que quiere transformar esta debilidad en confianza firme y convertir la respuesta en una correspondencia en el amor. Y a partir de aquí, como Pedro y los demás apóstoles, sentir cómo me encomienda la misión de pastor: "Apacienta a mis ovejas, pasta mis corderos", es decir "Haz de pastor".

El pastor es el que está atento a la pregunta y debe ser humildemente fiel en la respuesta. Sin embargo, amigas y amigos queridos, permitidme que os diga que hoy no quiero ni puedo responder solo y que, por ello, me veo en la obligación de tener que responder contando con todo el rebaño, que sois vosotros, ya que la pregunta la hemos escuchado juntos y va dirigida a todos. No tendría sentido una respuesta limitada al pastor y que el rebaño se inhiba y no se sintiera implicado. Por ello, para responder os necesito a todos vosotros y me atrevo a deciros que debemos responder juntos, a coro, al unísono, porque será juntos que tendremos que hacer el mismo camino en esta Iglesia de Mallorca preparando y organizando todo lo que el Espíritu nos pida llevar a cabo.

Como en el momento de la ordenación sacerdotal, cuando el obispo aprieta dentro de sus manos las del ordenando, yo ahora, haciéndome presente ante cada uno de vosotros, os quiero coger las manos y estrecharlas dentro de las mía, por el hecho de que estáis aquí, veo que estáis dispuestos a responder como comunidad y comprometiendo la vida. Por eso, os pido: ¿Deseáis responder conmigo a la pregunta de Jesús que nos dice a cada uno «me quieres?». Os lo repito, ¿deseáis responder conmigo a esta pregunta de Jesús? Si lo hago con vosotros, os lo digo de corazón, me veo con coraje de responder afirmativamente, solo me costaría mucho y como lo hace Pedro, aunque lo hago desde la debilidad de una forma de amar que no llega a la altura de la de Jesús. Os pido de forma amistosa y entrañable que, movidos por la fe y el amor, respondaís conmigo desde el interior, haciendo unos momentos de silencio, allí donde Dios sigue hablando, preguntando, animando y proponiendo deberes. Será el deber de amar a Jesús y de amarnos unos a otros, y haciéndolo de la misma manera como Él nos ama.

La respuesta nos implica a todos y me implica a mí personalmente en la relación entre pastor y rebaño. Ya lo hemos en algunas ocasiones, pero creo que vale la pena repetir lo que el papa Francisco dice al respecto, reforzando la estrecha comunión que siempre debe haber entre el obispo y la Iglesia que se le encomienda servir: «El obispo siempre debe fomentar la comunión misionera en su Iglesia diocesana, siguiendo el ideal de las primeras comunidades cristianas, donde los creyentes tenían un solo corazón y una sola alma (cf. Hch 4,32). Por ello, a veces estará delante para indicar el camino y cuidar la esperanza del pueblo, otras veces estará simplemente en medio de todos con su proximidad sencilla y misericordiosa y en ocasiones tendrá que caminar detrás del pueblo para ayudar a los rezagados y, sobre todo, porque el rebaño mismo tiene su olfato para encontrar nuevos caminos» (EG 31).

En eso estamos, buscar y encontrar nuevos caminos, a los que hoy tenemos que recurrir en nuestra tierra para que Jesús y el Evangelio sean conocidos, vividos, celebrados y testimoniados por nosotros, los cristianos, siempre en bien de todo el pueblo, que tanto lo necesita, aunque muchos no lo esperen ni lo manifiesten. Nuestro servicio pastoral va dirigido a todos y todas sin exclusión de ningún tipo, y eso nos debe mantener siempre en pie de trabajo.

Por eso, ¿creéis que puede haber comunión más consistente que la que proviene de responder juntos a la pregunta de Jesús «¿me amas?» Y decirle como Pedro «Señor, tú lo sabes todo, ¡tú sabes que te ama! »? Por lo demás, ¿qué hay en el cristianismo que nos obligue más? Pero sabemos, sobre todo, que el amor a Jesús, no se puede separar del amor a los hermanos, del amor al otro, sea quien sea. Lo sabemos desde siempre, dos mandamientos fundidos en uno solo y que no es posible uno sin el otro. Seríamos unos mentirosos, dice san Juan, si los separáramos. Por eso no queremos vivir de la mentira, del engaño, ni decir algo delante para quedar bien y decir otra cosa detrás, y seguir manteniendo la fachada de la hipocresía, cediendo a la tentación de la mundanidad espiritual o dejarse infectar por la post-verdad. La pregunta de Jesús nos provoca y espera nuestra complicidad positiva, porque quiere que con la respuesta afirmativa lleguemos a deshacer este muro que tanto hace sufrir a la gente sencilla, los que hablan el lenguaje del Reino y con los que Jesús se alegra y da gracias al Padre, porque son, como he dicho, los que lo entienden y lo siguen.

La respuesta afirmativa a la pregunta de Jesús, manifestándole amor a él y a los otros, veo que solo es posible si tenemos un corazón sencillo y limpio, lleno del espíritu de las bienaventuranzas, empapado de aquella humildad que cree en la verdad, la de Dios y la del hombre, lleno de aquella voluntad de entrega que entiende que en la pregunta de Jesús hay mucho más que una simple amistad o el acuerdo de un buen entendimiento que no quiere problemas y no pasa de ahí. La pregunta de Jesús —la pregunta por el amor— contiene la radicalidad de un amor oblativo, consecuencia del servicio «hasta dar la vida como en rescate de muchos», como dice Jesús de Él mismo, aceptando en Él esta forma original de amar hasta el extremo. Hablar del amor en general es peligroso y ambiguo, puede quedar en pura demagogia o frases para las revistas del corazón, pero hablar del amor de Jesús, tal como él lo vive, nos obliga y nos compromete porque no tiene edulcorantes que lo hagan fingir o, lo que sería peor, rebajar o anular.

Por otra parte, Jesús sabe bien que la respuesta de Pedro, como la nuestra, no es del todo completa, ni corresponde al amor incondicional y total que Él pide. Sabe que todavía tendrá que recorrer un camino que no se imagina. Por eso Jesús le dice que llegará un día en que dará gloria a Dios porque será testigo, es decir, mártir, porque habrá aprendido a amar como Jesús. Hoy tenemos que aprender la lección revisando cómo es nuestro amor. No nos tiene que dar miedo hacer este recorrido, que es el de la madurez cristiana y que hoy es tan ausente, pero al mismo tiempo tan urgente y necesario. Por ello, entre todos los deberes por hacer, no debe preocuparnos tanto lo que haremos (esto es fácil de organizar), sino el amor de donación con el que lo haremos, que en esto conocerán que somos discípulos de Jesús, si nos amamos unos a otros como él nos ha amado.

Aunque en ciertos momentos se nos niegue la actuación pública, se nos relegue al silencio o nos afecte la indiferencia, sabemos que existimos para evangelizar y, esto no lo podemos hacer si no salimos a la calle y si no decimos una palabra clara y valiente en el corazón de las comunidades parroquiales, de las familias y las instituciones ciudadanas, especialmente las educativas y las que atienden las capas más pobres. No estamos hechos para callar, si lo hiciéramos iríamos contra nuestra identidad marcada por el encargo de Jesús que nos dice: «¡Id y hablad!». Porque nos encomienda esta misión, hacerlo es decirle a Jesús, como lo hizo Pedro en el momento en el que le encomendaba la primera misión de la Iglesia: «Tú lo sabes bien, ¡tú sabes que te quiero! ». Es el amor el que nos hace salir y hablar, es el amor el que nos hace valientes, es el amor el que nos hace felices. ¡Es el amor que no pasa nunca!
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