HOMILÍA DE MONS. SEBASTIÀ TALTAVULL EN LA CELEBRACIÓ DE LAS "MATINES DE NADAL" EN LA CATEDRAL DE MALLORCA


25 de diciembre de 2017. 08:50h.

"Jesús, puente entre Dios y la humanidad, y el toque de atención que nos hace la Sibila."



Si hay un acontecimiento que ha cambiado el curso de la historia, la ha orientada definitivamente y se ha hecho nueva y buena noticia, ha sido que "la Palabra se hizo hombre y plantó entre nosotros su tienda". Esto significa que Dios ha querido hacerse historia en nuestro tiempo y lugar, y ha asumido humildemente nuestra humanidad, al encarnarse en su Hijo Jesús, nacido en Belén de la Virgen María. Una única historia, llamados a vivirla haciendo camino juntos. Podemos decir ahora como San Juan en el prólogo de su Evangelio: "A Dios nadie lo ha visto nunca; Dios, Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha revelado". En medio de tantos muros, divisiones y desencuentros, la gran noticia de la Navidad es que ya hay comunicación visible, diálogo y trato de amistad entre Dios y la humanidad, Jesús es el puente que lo hace posible. Por eso -como dice el papa Francisco- «La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida de quienes se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por él, son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría" (EG 1).

Se ha desvelado así el misterio más grande: Dios nos ama y nos salva. Un «misterio» tan grande y tan sencillo a la vez que lo representamos en el belén que hay en cada casa y en tantos otros lugares. Un signo fácil de entender porque es la puesta en escena de una familia que se ama, María, José y Jesús, la familia de Nazaret. Ahora, lo que parecía imposible se ha hecho realidad de la manera mas inaudita. No somos nosotros los que hemos buscado a Dios, ha sido Él que nos ha buscado y ha encontrado la manera de hacerse encontradizo y establecer con nosotros un diálogo perenne.

Este "misterio" que nosotros estamos admirando boquiabiertos y llenos de alegría como los pastores en Belén, nos muestra la manera inaudita cómo Dios se ha hecho presente en nuestra vida y en nuestra historia. Por ello Navidad -la celebración del nacimiento de Jesús- es un misterio de salvación que tenemos que contemplar con agradecimiento desde nuestra fe. Un nacimiento que es anunciado, celebrado y vivido de muchas maneras y de las que la tradición cristiana se ha hace eco a lo largo de los siglos.

¿Qué nos ha aportado el nacimiento de este niño? En primer lugar, la certeza de que Dios nos ama y ama a su pueblo. En segundo lugar, una renovación personal interior en la manera en que dejamos que entre en nuestra vida hasta el punto de contar siempre con él. En tercer lugar, una transformación familiar y social, en cuanto es posible asumir las virtudes que rodean este misterio de amor a la humanidad ya cada ser humano en particular, como son la ternura, la confianza, la sencillez, la proximidad, la estima, la paz, la alegría.

Por todo ello, debemos decir que la Navidad lleva un mensaje de conversión, es decir, de enderezar nuestra vida según Dios, con actitud decidida para vencer el mal, sea cual sea y venda de donde venga, y adherirnos al bien que Él ha venido a anunciar sobre su persona. Ya nos lo advirtió el canto de la Sibila, tan profundamente arraigado y valorado en todos los ambientes de nuestra Diócesis y que, para muchos ya se ha convertido en un símbolo necesario de las fiestas de Navidad. Este «patrimonio inmaterial de la humanidad reconocido por la Unesco» en 2010, y ya antes -el año 2004- declarado por el Consell Insular de Mallorca "Bien de interés cultural (BIC)", todo ello ¿qué tiene de especial para que se le dé tanta importancia? ¿Solo un valor cultural de larga tradición histórica, que estos días hace llenar páginas de los medios de comunicación? El canto de la Sibila puesto dentro de la celebración de la Misa del Gallo, como otros textos que se proclaman, nos remite a la importancia del nacimiento de Jesús y desde él nos proyecta hacia el Juicio final, donde quedará dirimido si hemos sido fieles a este Mesías que nace en el corazón de la humanidad y nos ha producido un mensaje de salvación. Fijémonos como empieza: «El jorn del judici parrà (aparecerá) qui haurà fet servici». Es más que un texto literario, mucho más que un punto de atracción o interés cultural. Es un interpelación a la conciencia sobre la coherencia sobre la fe cristiana y el comportamiento que los cristianos, los seguidores de Jesús, debemos tener.

El Juicio que canta esta profetisa Sibila en medio de un escenario litúrgico de ambientación medieval lleno de imágenes de terror, donde el miedo del Juicio de Dios se impone por encima de todo, tiene el eco de la parábola sobre el Juicio final que pronuncia Jesús y que es expuesta en el capítulo 25 del Evangelio de san Mateo. Dice el canto de la Sibila: "Jesucristo, Rey Universal, hombre Dios y verdadero dios eternal, del cielo vendrá para juzgar y a cada uno lo justo quedará». Ahí está el anuncio de la nueva presencia de Dios en la persona de Jesús, que llevará la salvación.

No podía quedar más clara la relación entre este Jesús niño que nace pobre en un rincón olvidado del mundo y su misión, la del Jesús adulto que es constituido Señor universal, de darnos la felicidad de una vida vivida para siempre. Por ello, hoy tenemos que contemplar el Jesús total, en la humildad de su nacimiento, rodeado por la pobreza que le da su experiencia de migrante, por el rechazo de no haber sido acogido en una casa, por la incomodidad de nacer en una cueva refugio de animales, a la intemperie de los sin techo y sólo fue reconocido por los más pobres.

Jesús se identifica con estas situaciones extremas, como hoy las viven tantos hombres y mujeres, niños y ancianos en los campos de refugiados del Líbano, o en los lugares de más persecución a centroafricano, en Egipto, en Irak, y en la misma Palestina donde los cristianos han quedado reducidos a un ínfimo porcentaje. En Belén, concretamente, han emigrado más de 250.000 cristianos, sufriendo una reducción de un 20% que eran antes a un 2% en la actualidad. Y nosotros, ¿hemos desplazado a Jesús de nuestra vida? ¿Se hace fácil su nacimiento dentro de nuestras familias y ambientes donde nos movemos?

Cuando la Sibila -refiriéndose al Juicio final- canta «a los buenos dirá: hijos míos venid, bienaventurados poseed el reino que os tengo aparejado desde que el mundo fue creado» estamos ante las mismas palabras del Evangelio cuando Jesús dice: «Venid, benditos de mi Padre y poseed el reino que había preparado desde la creación del mundo» (Mt 25, 34). Y ahora vienen los argumentos del «juicio»: «porque tenía hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; era forastero y me acogisteis; estaba desnudo y me vestisteis; estaba enfermo, y me visitasteis; estaba en la cárcel y vinisteis a verme" (Mt 25, 35-36).

Quizás el tono apocalíptico que toma el canto de la Sibila se acentúa más cuando se dirige a los que se han comportado mal y dice: "A los malos dirá muy agriamente: id malditos en el tormento, id, id al fuego eterno con vuestro príncipe del infierno". También estamos ante las palabras de Jesús en la parábola del Juicio final y con todo el tono tenebroso de posibilidad de condenación que tiene: «Apartad de mí, malditos: id al fuego eterno preparado para sus ángeles y el diablo» ( Mt 25, 41). Y, ¿por qué esto? «Porque tenía hambre, y no me disteis de comer; tenía sed y no me disteis de beber; era forastero y no me alojaron; estaba desnudo, y no me vestisteis; estaba enfermo o en la cárcel, y no me visitasteis" (Mt 25,42-43). Y añadirá Jesús: «Cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis» (v.40). Y, «cuanto hicisteis a uno de estos más pequeños, también conmigo lo hicisteis» (v.45). Este es el veredicto final del juicio y -no hay duda- que nos es un aviso hoy a todos nosotros que pide una vida cristiana más auténtica, destinada a hacer el bien a los demás, con preferencia a los más pobres y excluidos.

En estos días de las fiestas, cuando las expresiones de felicitación, los gestos y las palabras que pronunciamos, muestran una sensibilidad especial por todo lo que es bondad, sencillez, humildad, ternura y estimación, la celebración del nacimiento de Jesús nos invita a hacerlo realidad. Pero será bueno no quedar reducidos solo a unas fechas de final y principio de año o entusiasmarnos por el canto de la Sibila por su atractivo de tradición cultural (como patrimonio inmaterial de la humanidad o bien de interés cultural para nuestra comunidad isleña), que está muy bien que sea así.

Debemos querer ir a las raíces, y vivir la Navidad cristiana como aquel referente que hace de nuestra vida un Evangelio vivo y de nuestro testimonio una luz que ilumina más que todo lo que estos días hay encendido en nuestras casas, comercios, iglesias, calles, pueblos y ciudades. Es la luz del amor encendida en el corazón de cada uno, es el triunfo del bien sobre el mal que la Sibila canta al final pidiendo la intercesión de la Virgen cuando le dice: «Oh, humil Verge, Vós qui heu parit Jesús infant aquesta nit, vulgueu al vostre Fill pregar que dels inferns vulgui'ns guardar». ¡Que así sea!


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